Crecer sin dolor

30 de junio de 2022

 

 

 

En un interesante artículo publicado por El Universal el domingo pasado, el doctor Agustín Carstens anunció el fin de la “gran moderación” que acompañó los años “felices” de la expansión globalista, que en realidad empezó a vivir su final con la Gran Recesión de 2008.

La época de mayor inflación ha regresado a tocar las puertas del mundo, avanzado o en desarrollo, y parece que la mezcla tradicional de políticas, en especial de la fiscal y la monetaria, esta ocasión podría no ser capaz de atajar el paso a una desmesurada alza de precios.

Urge la acción fuerte y decisiva de los bancos centrales, proclama Carstens desde sus miradores helados del Banco de Pagos Internacionales y, seguramente, no es tan sólo una llamada de alerta. Se trata, más bien, de la confirmación de que las vueltas del mundo apuntan todas, sin clemencia, a una fase de alta inflación y peligros mayores para una recuperación de la que, por lo visto y dicho en estas épocas, nadie estuvo nunca muy seguro.

“Una vez que se establece una espiral de precios y salarios el impulso es difícil de parar. La inflación alta genera una inflación más alta (…) nos estamos acercando a ese punto de inflexión,” advierte el banquero de bancos. Hoy, nadie puede asegurar que el espectro de la “estanflación” no se aparezca de nuevo, tampoco que tenga los comportamientos conocidos. Del mundo de la pandemia y sus mil y un temores y embates, pasamos no sin pasmo al peor escenario imaginable para la economía: uno de precios altos y crecientes con crecimiento económico mínimo y a la baja.

Conforme a sus convicciones, Carstens reconoce que el combate frontal a la inflación trae consigo dolencias sociales inevitables, pero que tiene que actuarse con firmeza y pronto. “Pisar el freno en lugar de simplemente quitar el pie del acelerador, podría ser perjudicial temporalmente para la economía, pero vale la pena si con ello se evita una desaceleración más pronunciada y perdurable en el futuro”, dice.

¿Cuánto tiempo duraría el tratamiento? que sabemos amargo y ¿hasta dónde afectaría algunos de los núcleos básicos de la fábrica social? no es posible decir mucho, menos anticipar. En todo caso, habría que esperar y demandar de esta nueva banca central involucrada en la parte “real” de la macro alguna estrategia, transitoria como la postulada por el director gerente, pero igual o más efectiva en lo tocante al daño social.

La convocatoria de Carstens es a la acción pronta y, si es necesario, radical de los bancos centrales del mundo para cortar las uñas a la inflación. Acciones que tendrán que, insistamos, acomodarse al otro gran reclamo que ha recorrido el mundo, no sólo el post pandémico, y que tiene que ver con el reparto de los costos; tanto en las empresas y el capital como en el plano amplio de la sociedad y del Estado.
Hasta ahora, los no pocos llamados a la construcción de un nuevo contrato social han caído en oídos sordos o casi. Si en efecto estalla la inflación como ola incontenible, el “sálvese quien pueda” se impondrá para cumplir con la profecía coreada por el director del BIS de que más inflación no hace más que llamar a más inflación; en una carrera de precios sin control que suele desembocar en la contención política de la actividad económica y el arribo del estancamiento, del que nadie sabe bien a bien cuándo se sale. Lo que no puede ser justificación para no encargarse con seriedad del asunto desde ahora.

El sufrimiento de los muchos ha sido grande, debe evitarse que se prolongue. Urgen medidas de alivio que pavimenten la conformación de un gran acuerdo plural cuyo interés esté puesto en imaginar políticas, medidas y estrategias que puedan llevar a crecimientos más equitativos y eviten causar demasiado dolor.